miércoles, 22 de julio de 2015

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Puso su frente en mi frente —Voy a hacerte fuerte, lo prometo— Habló bajo, se apartó de mí y le miré esperando una respuesta, a cambio de eso recibí un puñetazo en la nariz que me hizo caer al suelo. La tapé con mi mano y el me cogió fuerte del brazo para volver a ponerme en pie. Me tambaleé y otro golpe fue enviado derecho a mi ojo y volví a caer. Me volvió a levantar de la tela del pecho y esta vez me empotró contra la pared, otra vez su puño fue derecho a mi cara para aterrizar en mi mandíbula. Lo empezaba a entender. Quité mis manos de la cara que ridículamente estaban intentando amortiguar algún otro golpe y las baje hasta mi muñeca, desenredé el pañuelo mientras él se cebaba con mi boca y lo tiré al suelo. Paró repentinamente y caí al suelo de nuevo. Cuando volví a abrir los ojos ya no estaba. Escuché el tren pasar por encima y vi un río de polvo cayendo del techo del puente.
Giré la cabeza y cerré los ojos. Cuando desperté ya no estaba ahí.

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El camino fue difícil y lo que era asfalto pasaba a ser charcos y barro. Un puente de pequeñas dimensionas y poca iluminación se instaló delante de mí. Debajo de este había piedras. Se giró hacía mí de nuevo — ¿Qué escondes? —me preguntó.
— ¿Qué? — dije sin seguirle.
Rio y el eco el puente aplastó mis oídos— ¿Has sentido dolor? — me penetró con la mirada y me toqué ambas sienes.
—Sí, supongo, como todo el mundo—dudé.
— ¿Estás dispuesta a hacerte fuerte? —encendió un cigarrillo y con cada calado se le iluminó la cara.
—Sí— dije en voz baja escuchando como el eco hacía que retumbase de nuevo mis palabras.
— ¿Estás segura? — Le miré confundida y asentí despacio— El pañuelo será como nuestro contrato— explicó— ¿Lo has traído? — Lo saqué despacio del bolsillo y lo puse en su mano— Debes llevarlo en la muñeca, cuando te lo quites, entenderé que lo que quieres es que pare — apretó el nudo y miré mi piel.
—¿Para el qué? — dije frotándome la muñeca.

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—Nina, baja, tienes correo— Bajé las escaleras y lo recogí de la mesa. ¿Sería de las amias que había dejado atrás en mi otra ciudad? No tenía sello. No tenía nombre. No tenía nada. Lo abrí en mi cuarto y antes me aseguré de que la puerta estaba cerrada. El papel estaba manchado y arrugado, era una servilleta, ah, qué original. Lo desenvolví con cuidado y leí.
“¿Café? A las 22:00”
El corazón me dio un vuelvo. No estaba firmada. No tenía ninguna palabra más. El mensaje era directo. La dejé au n lado y miré la otra carta. Esta sí era de mis amigas, la leí sin prestar atención y la guardé en la mochila para contestarla en clase al día siguiente. Bien, guardé la carta debajo del colchón y bajé de nuevo las escaleras para recoger el abrigo que aún goteaba en el perchero. No había tenido ocasión de cambiarme y eso me hacía ganar tiempo ya que quedaban menos de tres minutos para que el reloj diese las diez. Abrí la puerta sin tener en cuenta que no vivía sola y una voz me paró.
—¿A dónde vas? —me giré.
—Quiero conocer el barrio— mentí.
—Es tarde —replicó.
—Volveré pronto— di un beso a Agata en la mejilla y cerré la puerta.
Volví al camino de esta mañana pero esta vez no estaba pendiente de mis pies y miré al frente.
Llevaba la misma ripa que esta mañana.
—¿Cómo sabes cuál es mi casa? — le miré.

—Instinto—repuso y me dio un vaso, olía a café, esperó a que me lo tomase para volver a hablar —Sígueme.

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—Gracias— su voz retumbó en mi cabeza. Era la primera vez que le escuchaba hablar. Se incorporó de la silla y salió del recinto. Técnicamente me había pagado el descafeinado. Recogí el pañuelo de la mesa y lo arrugué en mis manos. Acerqué el vaso y lo removí con desgana. Jugueteé con su moneda en la mesa y me levanté para dejarla en la barra.
—Gracias—repetí su palabra a la camarera y esta vez me sonrió ella.
Salí del bar, estaba desorientada, perdida, tuve que preguntar cuál era el camino para llegar al instituto al primer hombre que vi en la calle.

                                                            *

Página 3.

Entonces no muy convencida y con mucho cuidado me agaché a su altura, y con la mano temblorosa, como el que mete un brazo ensangrentando en una piscina de tiburones abroché uno a uno los  botones de su cazadora. No hizo gesto alguno— Puedes ir a un bar, o una casa— le animé— ¿Quieres algo? ¿Un café? — Nada, como si hablase con una pared. Empezó a desabrocharse la cazadora sin dejar de mirar al frente —Está bien—decidí—Vienes conmigo— No sabía de bares de la zona, pero seguro que había uno por aquí cerca. Le ayudé a levantarse, y deambulamos por las calles hasta encontrar uno. Abrí la puerta y le dejé entrar — ¿Café, descafeinado, cacao? — le miré dudosa y no contestó. Rodé los ojos — Un descafeinado por favor— pedí en la barra y me senté en una de las mesas vacías. El hizo lo mismo y acercó una silla de cuero negro y barrotes de hierro a mí. La chica no tardó en traerlo y le sonreí. Removí con cuidado la cuchara y se lo acerqué —Bebe— le mandé y lo miró para luego captar mi atención con su mirada. Buscó en uno de sus bolsillos y tiró una moneda a la mesa con desgana y sin preocupación de que se cayese al suelo. Se desató el pañuelo de su muñeca y lo dejó al lado del pequeño plato donde reposaba el vaso. Se alejó un poco.

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Su paso era firme pero a la vez ligero y los pliegues de la cazadora bailoteaban con el viento haciendo a su vez que se le apartase el pelo de la cara. No podía ver mucho más que sus manos pálidas y parte de su cintura desnuda cuando la tela vaquera azul oscura se inclinaba con cada paso. En su muñeca había un pañuelo rojo atado y no sabía muy bien para qué sería su  uso. Se giró y quede frente a él. Mi mirada intimidada no soportó sus ojos y quedó inversa en el pecho que mostraba una fina capa de bello rubio.
—¿No tienes frío? — titubeé y me atreví a mirar a sus ojos. Eran verdes, lo más verde que había visto nunca, ni si quiera podía ver bien el iris. Extendió su mano de forma rápida y sin mucha confianza alargué yo mi brazo. Con un movimiento inesperado pero preciso agarró mi antebrazo y quedé a pocos centímetros de su clavícula, cogió mi mano y la llevó a su pecho. Helado. Gélido. Inhumano. La aparté y la envolví con la otra mano que tenía libre— Puedo dejarte algo— tiré la mochila al suelo mojado sin pensarlo y me quité mi abrigo impermeable de color vino, me había costado un pastizal, pero la situación lo exigía. Negó y se sentó al lado de mi mochila —Debes estar a punto de entrar en hipotermia— lo miré a sus labios que tenían un toque morado y sonrió. Procuré echarle bien el abrigo y no dejarme ningún hueco por el que pudiese entrar aire ni frío. Le apartó y me lo puse yo porque me estaba congelando.

Capítulo uno. ¿Quieres hacerte fuerte?. Página 1.


 ¿Quieres hacerte fuerte?

Salí de casa cerrando la puerta sin energía, y miré al cemento gris de la calle cubierto de una capa de nieve. Típico. Bueno Nina, allá vamos, durante el verano había intentado memorizar el camino para llegar a mi nuevo instituto. No había tenido otra cosa qué hacer, mudarme, había tenido consecuencias dentro de mis hábitos y me había vuelto una persona muy fría, ¿pero cómo voy a culpar a mi familia? Si fui yo quién les pedía un cambio de rodillas. Inauguré la acera con mi primera pisada, dejaba pequeños charcos de agua y nieve a la vez, no presté mucha atención a lo que había a mi alrededor. Me miraba a los pies, y notaba como los calcetines cada vez se mojaban más y más, sólo había edificios medianamente altos a mi alrededor, me froté las manos en señal de frío y giré la cabeza, un chico con parte del pecho descubierto y con una cazadora vaquera me miraba. Era rubio, teñido, y blanco, pálido, su piel se distinguía por poco con la nieve, tenía las mejillas algo rojas y me miraba quieto, sus pestañas entrelazadas no me dejaron ver de qué color tenía los ojos, con un leve movimiento de cabeza me indico que fuese, en ese momento le vi el piercing que se imponía en una cara virgen, estaba situado en la nariz, zona izquierda. Saltó de lo que parecía una estructura de hierro y empezó a andar alejándose de mí. No sé si fue por instinto, pero le seguí.