—Gracias— su
voz retumbó en mi cabeza. Era la primera vez que le escuchaba hablar. Se
incorporó de la silla y salió del recinto. Técnicamente me había pagado el
descafeinado. Recogí el pañuelo de la mesa y lo arrugué en mis manos. Acerqué
el vaso y lo removí con desgana. Jugueteé con su moneda en la mesa y me levanté
para dejarla en la barra.
—Gracias—repetí
su palabra a la camarera y esta vez me sonrió ella.
Salí del
bar, estaba desorientada, perdida, tuve que preguntar cuál era el camino para
llegar al instituto al primer hombre que vi en la calle.
*
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