miércoles, 22 de julio de 2015

Página 2.

Su paso era firme pero a la vez ligero y los pliegues de la cazadora bailoteaban con el viento haciendo a su vez que se le apartase el pelo de la cara. No podía ver mucho más que sus manos pálidas y parte de su cintura desnuda cuando la tela vaquera azul oscura se inclinaba con cada paso. En su muñeca había un pañuelo rojo atado y no sabía muy bien para qué sería su  uso. Se giró y quede frente a él. Mi mirada intimidada no soportó sus ojos y quedó inversa en el pecho que mostraba una fina capa de bello rubio.
—¿No tienes frío? — titubeé y me atreví a mirar a sus ojos. Eran verdes, lo más verde que había visto nunca, ni si quiera podía ver bien el iris. Extendió su mano de forma rápida y sin mucha confianza alargué yo mi brazo. Con un movimiento inesperado pero preciso agarró mi antebrazo y quedé a pocos centímetros de su clavícula, cogió mi mano y la llevó a su pecho. Helado. Gélido. Inhumano. La aparté y la envolví con la otra mano que tenía libre— Puedo dejarte algo— tiré la mochila al suelo mojado sin pensarlo y me quité mi abrigo impermeable de color vino, me había costado un pastizal, pero la situación lo exigía. Negó y se sentó al lado de mi mochila —Debes estar a punto de entrar en hipotermia— lo miré a sus labios que tenían un toque morado y sonrió. Procuré echarle bien el abrigo y no dejarme ningún hueco por el que pudiese entrar aire ni frío. Le apartó y me lo puse yo porque me estaba congelando.

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