Entonces
no muy convencida y con mucho cuidado me agaché a su altura, y con la mano
temblorosa, como el que mete un brazo ensangrentando en una piscina de
tiburones abroché uno a uno los botones
de su cazadora. No hizo gesto alguno— Puedes ir a un bar, o una casa— le animé—
¿Quieres algo? ¿Un café? —
Nada, como si hablase con una pared. Empezó a desabrocharse la cazadora sin
dejar de mirar al frente —Está bien—decidí—Vienes conmigo— No sabía de bares de
la zona, pero seguro que había uno por aquí cerca. Le ayudé a levantarse, y
deambulamos por las calles hasta encontrar uno. Abrí la puerta y le dejé entrar
— ¿Café, descafeinado, cacao? — le miré dudosa y no contestó. Rodé los ojos — Un descafeinado por favor—
pedí en la barra y me senté en una de las mesas vacías. El hizo lo mismo y
acercó una silla de cuero negro y barrotes de hierro a mí. La chica no tardó en
traerlo y le sonreí. Removí con cuidado la cuchara y se lo acerqué —Bebe— le
mandé y lo miró para luego captar mi atención con su mirada. Buscó en uno de
sus bolsillos y tiró una moneda a la mesa con desgana y sin preocupación de que
se cayese al suelo. Se desató el pañuelo de su muñeca y lo dejó al lado del
pequeño plato donde reposaba el vaso. Se alejó un poco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario