El camino fue difícil y lo que era
asfalto pasaba a ser charcos y barro. Un puente de pequeñas dimensionas y poca
iluminación se instaló delante de mí. Debajo de este había piedras. Se giró
hacía mí de nuevo — ¿Qué escondes? —me
preguntó.
— ¿Qué? —
dije sin seguirle.
Rio y el eco el puente aplastó mis
oídos— ¿Has sentido dolor? — me penetró
con la mirada y me toqué ambas sienes.
—Sí, supongo, como todo el mundo—dudé.
— ¿Estás dispuesta a hacerte fuerte?
—encendió un cigarrillo y con cada calado se
le iluminó la cara.
—Sí— dije en voz baja escuchando como
el eco hacía que retumbase de nuevo mis palabras.
— ¿Estás segura? — Le miré confundida y asentí despacio— El
pañuelo será como nuestro contrato— explicó— ¿Lo has traído? — Lo saqué despacio del bolsillo y lo puse en
su mano— Debes llevarlo en la muñeca, cuando te lo quites, entenderé que lo que
quieres es que pare — apretó el nudo y miré mi piel.
—¿Para el qué? — dije frotándome la muñeca.
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