—Nina, baja,
tienes correo— Bajé las escaleras y lo recogí de la mesa. ¿Sería de las amias
que había dejado atrás en mi otra ciudad? No tenía sello. No tenía nombre. No
tenía nada. Lo abrí en mi cuarto y antes me aseguré de que la puerta estaba
cerrada. El papel estaba manchado y arrugado, era una servilleta, ah, qué
original. Lo desenvolví con cuidado y leí.
“¿Café?
A las 22:00”
El corazón me dio un vuelvo. No estaba
firmada. No tenía ninguna palabra más. El mensaje era directo. La dejé au n
lado y miré la otra carta. Esta sí era de mis amigas, la leí sin prestar
atención y la guardé en la mochila para contestarla en clase al día siguiente.
Bien, guardé la carta debajo del colchón y bajé de nuevo las escaleras para
recoger el abrigo que aún goteaba en el perchero. No había tenido ocasión de
cambiarme y eso me hacía ganar tiempo ya que quedaban menos de tres minutos
para que el reloj diese las diez. Abrí la puerta sin tener en cuenta que no
vivía sola y una voz me paró.
—¿A dónde vas? —me giré.
—Quiero conocer el barrio— mentí.
—Es tarde —replicó.
—Volveré pronto— di un beso a Agata en
la mejilla y cerré la puerta.
Volví al camino de esta mañana pero
esta vez no estaba pendiente de mis pies y miré al frente.
Llevaba la misma ripa que esta mañana.
—¿Cómo sabes cuál es mi casa? — le
miré.
—Instinto—repuso y me dio un vaso,
olía a café, esperó a que me lo tomase para volver a hablar —Sígueme.
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