miércoles, 22 de julio de 2015

Página 5.

—Nina, baja, tienes correo— Bajé las escaleras y lo recogí de la mesa. ¿Sería de las amias que había dejado atrás en mi otra ciudad? No tenía sello. No tenía nombre. No tenía nada. Lo abrí en mi cuarto y antes me aseguré de que la puerta estaba cerrada. El papel estaba manchado y arrugado, era una servilleta, ah, qué original. Lo desenvolví con cuidado y leí.
“¿Café? A las 22:00”
El corazón me dio un vuelvo. No estaba firmada. No tenía ninguna palabra más. El mensaje era directo. La dejé au n lado y miré la otra carta. Esta sí era de mis amigas, la leí sin prestar atención y la guardé en la mochila para contestarla en clase al día siguiente. Bien, guardé la carta debajo del colchón y bajé de nuevo las escaleras para recoger el abrigo que aún goteaba en el perchero. No había tenido ocasión de cambiarme y eso me hacía ganar tiempo ya que quedaban menos de tres minutos para que el reloj diese las diez. Abrí la puerta sin tener en cuenta que no vivía sola y una voz me paró.
—¿A dónde vas? —me giré.
—Quiero conocer el barrio— mentí.
—Es tarde —replicó.
—Volveré pronto— di un beso a Agata en la mejilla y cerré la puerta.
Volví al camino de esta mañana pero esta vez no estaba pendiente de mis pies y miré al frente.
Llevaba la misma ripa que esta mañana.
—¿Cómo sabes cuál es mi casa? — le miré.

—Instinto—repuso y me dio un vaso, olía a café, esperó a que me lo tomase para volver a hablar —Sígueme.

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